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Con el sol en la frente y la piel
gastada, sembraba silencios entre los olivos. Sus manos sabían
de tierra y cuchillo, su vida era simple, trabajo
y caminos. A su lado ella, firme como roca,
cuidando la mesa, cargando la sombra. Criaron la vida
con brazos abiertos, nueve latidos corriendo en la casa.
Bajo el sol de vendimias cortaban racimos, guardaban en
silencio su orgullo sencillo. La tierra les daba, sus
hijos crecían, y el campo era escuela de toda
la vida. De sus huellas nació la esperanza, levantaron
su mundo despacio. Entre ramas, sudor y ternura, hicieron
del campo un abrazo. Cuando el tiempo dobló su
cuerpo, la raíz sostuvo la rama. Y aunque el
río los lleve consigo, su recuerdo se queda en
la tierra. De sus huellas nació la esperanza, levantaron
su mundo despacio. Entre ramas, sudor y ternura, hicieron
del campo un abrazo.
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